Agustín Chozas Martín  FEAE Castilla  La Mancha. 

Expresiones tan rotundas como “malestar del profesorado” invitan a cuestionarlas un tanto, mientras debe anteponerse la reflexión y un análisis contrastado sobre la situación compleja del profesorado en los últimos años, llenos de acontecimientos conocidos.

Tampoco es fácil la indagación de causas y raíces del momento en el que se encuentran los docentes, salvo que incurramos una vez más en los tópicos y los enfoques excluyentes de las teorías de la educación, como si no existieran otras visiones, las interdisciplinares, con tanta frecuencia olvidadas.

Para empezar, algunas de las preguntas, que buscan tanto lo visible como lo menos perceptible de la diversidad de situaciones en las que el profesorado se encuentra. Pueden plantearse en torno a las siguientes:

¿Hay que buscar causas en el comportamiento de las familias y del alumnado, en general?

Esta pregunta es una manida forma de enfocar un problema complejo, parcelando sus elementos y alejándolo de otras cuestiones inseparables. Familias y alumnos viven en barrios, en ciudades más o menos respirables y la trama que componen podría ser la primera dificultad a clarificar. ¿Por qué no acudir a la sociología, por ejemplo?

¿Estarán las causas en un currículo, con la obsesión enciclopédica habitual y olvidadizo con los saberes básicos?

El pertinaz empeño de acumular contenidos, sobre todo en la enseñanza primaria y secundaria, obedece a reflejos de épocas pasadas, varadas en la cantidad.

¿O en la negligencia para cuestionar si los saberes son básicos?

Otra cuestión nada inocente, arrinconada para no herir susceptibilidades gremiales.

¿O en la escasa revisión crítica de un modelo de dirección cuestionado?

No sería tan grave someter los modelos a una revisión periódica, siquiera sea por salud educativa.

¿Qué pasa con el papel de la administración educativa incapaz, o cuando menos reticente, a la hora de aceptar la autonomía de los centros por un exceso desmedido de burocracia o de desconfianza ante una profesión, pese a avatares y olvidos, con poca visibilidad y, sin embargo, sólida y vital para una buena sociedad?

La fórmula decimonónica del verticalismo, del control, de la sistemática desconfianza sobre todo cuanto los centros hacen y viven resulta lamentablemente coercitiva y no motivadora.

 ¿Por qué seguimos en el empeño de anteponer la enseñanza, ylo que comporta, a la educación en valores? Los contenidos resultan insufribles si no van precedidos de una educación en actitudes y valores.

¿Por qué seguimos aceptando la intromisión permanente de oligarquías “interesadas en sus intereses”, que no son del caso nombrar?

No parece creíble que tantas voces y publicaciones realmente conozcan las interioridades de la vida educativa, más allá de su retórica e intereses.

¿Para cuándo el trabajo cooperativo como prioridad?

El trabajo cooperativo no se rige por el tipo del trabajo en equipo: tiene otras responsabilidades y otras exigencias.

 ¿Para cuándo una visión renovada e interdisciplinar de la figura imprescindible y respetable del profesor y los cambios del esquema acostumbrado de formación, cuando la escuela no es nunca “habitual”?

El predominio excluyente de determinados saberes en la complejidad y evolución de la educación y la enseñanza conducen al empobrecimiento del análisis.

¿Para cuándo una revisión o supresión del máster de secundaria, urgente como puede considerarse?

Cuando los intereses gremiales dominantes acepten que, con frecuencia, la escuela y la academia tienen recorridos divergentes.

¿Cabe en el actual siglo una inspección educativa burocratizada e incompatible con la autonomía y responsabilidad de los centros?

Definitiva y rotundamente, no. Una imagen estática, dogmática no puede acercarse a la vida cotidiana de los centros educativos.

¿Y para cuándo un urgente código de ética profesional pactado, previa amplia participación de los docentes?

La urgencia de tal código no ha hecho más que sufrir piedras en el camino de retrógrados e inmovilistas.

Estas notas no pretenden, en su limitación, avanzar respuestas y sí aportar cuestiones para un debate corporativo inaplazable. El profesorado tendrá mucho que decir, y seguramente, diverso, plural y riguroso. Y los juicios de valor, mejor, después de la experiencia y de la verificación rigurosa.