Vicenç Rul·lan Castañer Asociación de Justicia y Práctica Restaurativa
Quien conoce la vida de los centros educativos sabe que hay aulas en las que cada actividad genera resistencia y la gestión de conflictos consume una parte desproporcionada del tiempo lectivo. Otras aulas, en el mismo centro y con alumnado similar, presentan dinámicas distintas: las actividades avanzan y los conflictos se pueden manejar con cierta facilidad.
Esta diferencia suele atribuirse a factores diversos: la “suerte” con el grupo, las habilidades del profesorado, la composición del alumnado. Todos influyen, pero hay uno que con frecuencia queda en segundo plano y resulta decisivo en el día a día: el clima relacional del grupo y el sentimiento de pertenencia de sus miembros.
El clima relacional no explica todo lo que ocurre en un aula o en un centro, pero tiene una característica relevante frente a otros factores: es modificable.
Cuando hay cohesión y las personas se sienten parte del grupo, la cantidad y la intensidad de los conflictos disminuyen. Las tensiones propias de la convivencia siguen existiendo, pero encuentran un entorno que las amortigua antes de que escalen. Sin embargo, gran parte de los recursos organizativos en convivencia se concentran en gestionar conflictos una vez aparecen, y muy pocos en crear las condiciones que evitan que muchos lleguen a producirse.
La evidencia: la pertenencia como factor protector
El sentimiento de pertenencia tiene efectos observables en el bienestar y la convivencia. La investigación muestra que cuando el alumnado se siente parte del grupo, mejora el bienestar emocional, aumenta la implicación y disminuyen las conductas disruptivas.
Cuando una persona no se siente integrada en el grupo, tiende a permanecer en alerta constante, puede interpretar situaciones ambiguas como amenazas y responde de manera defensiva. Este funcionamiento está en la base de buena parte de la conflictividad cotidiana que observamos. Existen factores individuales, pero el clima del grupo tiene un peso determinante.
Si el objetivo es reducir la conflictividad en los centros, los protocolos de respuesta al conflicto, por necesarios que sean, resultan insuficientes. Hace falta una mirada proactiva, orientada a fortalecer las condiciones relacionales sobre las que se construye la convivencia.
1Allen, K. A., Kern, M. L., Vella-Brodrick, D., Hattie, J., & Waters, L. (2018). What schools need to know about fostering school belonging: A meta-analysis. Educational Psychology Review, 30(1), 1–34.
De agrupamientos a grupos cohesionados
En muchas aulas encontramos agrupamientos más que grupos: alumnado que comparte espacio por criterios organizativos, pero sin una red relacional sólida. Esto se observa con claridad en los sociogramas de muchos grupos. En estos contextos aparecen subgrupos cerrados que se relacionan poco entre sí y alumnado aislado que puede ser objeto de maltrato, sin que el grupo actúe como apoyo. Además, el clima que se crea favorece malentendidos, competencia entre grupos y un peor funcionamiento de la dinámica grupal.
El maltrato entre iguales se da con más facilidad en grupos poco cohesionados, donde el grupo no actúa como red de contención. Pasar de un agrupamiento a un grupo requiere un trabajo intencional, continuado. Hacen falta planificación, tiempos asignados y criterios de actuación compartidos. Esta es una de las aportaciones centrales del enfoque restaurativo: intervenir antes antes de que todo se reduzca a gestionar conflictos.
¿Cómo se hace esto en la práctica?
La creación de grupo como estrategia de provención
La provención consiste en crear las condiciones para convivir, antes de que aparezcan los conflictos. La escalera de provención ofrece un marco útil para entender cómo se crea grupo de forma progresiva. En una primera fase se trabaja la cohesión: presentación, conocimiento mutuo, confianza y reconocimiento. Estos elementos generan pertenencia y reducen de forma significativa la aparición de conflictos. En una segunda fase se desarrollan herramientas de funcionamiento: comunicación, cooperación y gestión de desacuerdos cotidianos.
El orden en el que se trabajan estos elementos es importante. La confianza no se consolida sin un conocimiento entre los miembros del grupo, y sin confianza resulta difícil expresar o recibir aprecio y cuidado. La gestión eficaz de los conflictos empieza mucho antes de que estos aparezcan.
Una práctica especialmente útil para crear grupo y fortalecer la convivencia son los círculos de diálogo, utilizados de forma proactiva, sin esperar al conflicto. En ellos, nos sentamos en círculo y hablamos por turnos, utilizando un objeto de la palabra que se pasa secuencialmente, para favorecer una participación igualitaria. El formato favorece la participación, el conocimiento mutuo y la seguridad para expresarse ante el grupo. Al mismo tiempo, permite detectar tensiones incipientes antes de que se conviertan en problemas mayores.
Cambiar la pregunta
Durante años, la pregunta dominante en convivencia ha sido ¿cómo podemos gestionar mejor los conflictos? Una pregunta más productiva es ¿cómo crear grupos cohesionados, con sentimiento de pertenencia, donde los problemas se aborden de forma temprana y las situaciones graves sean menos frecuentes y más manejables?
Cuando se fomenta la pertenencia, las diferencias pueden expresarse con calma, sin que se vean como amenazas, y los roces cotidianos encuentran cauces tempranos de diálogo. La convivencia gana estabilidad en una comunidad cohesionada.
Sin ese vínculo compartido, cualquier pequeña chispa puede escalar en conflicto abierto; cuando ese vínculo existe, los desacuerdos se gestionan hablando y se convierten en lo que deben ser: oportunidades de aprendizaje.
Para quienes quieran profundizar en la mirada relacional y restaurativa y en su implementación en los centros educativos, el Observatorio Estatal de la Convivencia Escolar ha publicado recientemente una Guía de Prácticas Restaurativas , que desarrolla tanto los fundamentos como las metodologías de aplicación en centros educativos.